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VAMPIROS
John Steakley
1990

Es difícil concebir un texto que recoja los principios mismos del entorno gótico del medioevo y que tenga como eje temático a los infalibles vampiros sin tratar de hacer un paralelo con el inmortal Conde Drácula de Bram Stoker; sin embargo, en Vampiros se logra en cierta medida una separación de ese estigma no solo en el caso del popular ermitaño de las frías montañas de Transilvania, sino de las imágenes curtidas de modernismo que Ann Rice proyecta a través de las historias de Lestat y Armand en Entrevista con el vampiro.

En principio, lo logra porque se aleja de la concepción clásica y decididamente europea de hombres que renuncian a sus convicciones, a su fe, convertidos en bestias, en este caso vampiros, por causas pasionales; y segundo, porque en este caso se aborda la relación de la noche, de sus personajes, de sus protagonistas con sus victimarios, con sus perseguidores, encarnados en mercenarios del temor a lo desconocido que, comandados por Jack Crow, cazan vampiros amén de una jugosa recompensa no solo aquí en la tierra, sino allá en el cielo, o por lo menos en lo que en ese momento se creía que era el cielo.

En el libro se utiliza un lenguaje que por momentos hace muy pesado transitar entre escena y escena y que deja muy claro la diferenciación entre el movimiento gótico de Europa, es decir, las descripciones más emotivas que físicas, y la exaltación del vampiro como ser superior en contraposición a la novela gótica de América, donde el vampiro es un ser sobrenatural, descendiente de una raza maldita pero decididamente humana, lo que por obvios motivos lo hace susceptible a los mismos problemas de un mortal común.

De allí que Vampiros utilice una dinámica muy similar a la condición propia de la sociedad norteamericana, incluso ahora, donde los diálogos a veces se tornan frenéticos, llenos de pasión, de fogosidad y de una tremenda obsesión por el poder, por el dinero y por la perfección, no solo de los seres sino de las ideas, al contrario de lo que pasa con novelas más pausadas, más concentradas en el fondo que en la forma, como en el caso de Los misterios de Udolfo.

  MELMOTH EL ERRABUNDO
Charles Robert Maturin
1820

Haciendo uso de elementos propios del oscurantismo medieval, el clérigo irlandés Charles Robert Maturin nos presenta en Melmoth el errabundo, un relato crudo que transita entre el ocaso de una época marcada por la inexpugnable moralidad rural y el surgimiento de una experimental y ciertamente brillante nueva horda de escritores que se alinean dentro de la literatura gótica, principalmente en Europa.

Pese a ser una obra que no se aleja de elementos propios del entorno oscuro, herético y deprimentemente humano que caracterizó a la literatura gótica, Melmoth el errabundo se concentra en hacer de espacios comunes para la sociedad del medioevo, como las cárceles, los mercados, las iglesias y los sanatorios mentales, escenarios propicios para recrear la tremenda angustia de un hombre que, como muchas veces se ha observado en obras de otro autores de la misma corriente literaria como Ann Rice o H.P. Lovecraft, se convierte con el paso del tiempo en esclavo de sus necesidades, de sus vicios, de sus alucinaciones y de la total consciencia de su ínfima importancia en el mundo.

En este caso, elementos como la relación del hombre con la oscuridad, con las sombras, con la Bestia, vuelven a jugar un importante papel, pues es precisamente el demonio quien, mediante un pacto secreto, hace del protagonista un hombre condenado eternamente a vagar por el mundo sin otra intención más que la de reclutar otros seres que como él se sientan fuera de lugar en el universo y que estén dispuestos a transmitir esa sensación a quienes creen de verdad en la felicidad.

En ese sentido, aunque Melmoth el errabundo no es un libro con la presteza lingüística y dinámica emocional de obras clásicas del entorno gótico como Fausto, Goethe o El cuervo, sí tiene un valor superlativo dentro del género, pues es considerada una de las obras cumbres no solo para los estudiosos del medioevo, sino para los seguidores de la literatura de suspenso, pues fusiona el bien, el mal y la ciencia, como magistralmente lo mostrara el genial Umberto Eco en El nombre de la rosa.


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EL HORROR DE DUNWICH
Howard Philips Lovecraft
1929

Fiel a su estilo, Howard Lovecraft, uno de los más eminentes representantes de la literatura gótica de los últimos dos siglos, presenta en El horror de Dunwich un relato detallado del devenir de un pueblo perdido en el espacio y en el tiempo al que fuerzas oscuras condenan a la desgracia por permitir el desarrollo de un ser más ambicioso que el mismo demonio.

En el texto, cuyo protagonista es el joven Wilbur Watheley, se entremezcla el cotidiano vivir de un grupo de personas que comparten la adoración irrestricta de las leyes de Dios, propia de la edad media, con la rebeldía oculta de un adolescente que con el pasar del tiempo descubre que su importancia en el mundo va más allá de la de cualquier otro mortal.

En El horror de Dunwich, Lovecraft hace uso de elementos propios de la literatura oscurantista de la edad media en donde la relación entre los hombres y las fuerzas de la oscuridad tiene un papel preponderante. En el presente texto dicha relación se expone en la forma cómo el pueblo comienza a padecer de sequías y del agotamiento de las principales fuentes de alimento como los granos y los animales de corral tras descubrir que el joven Wilbur selló un pacto con el demonio para acabar con toda la humanidad, comenzando con el pequeño poblado.

De igual forma, el autor sugiere en el relato las debilidades conceptuales de la iglesia judeocristiana del Medioevo, cuya plataforma ideológica se basaba en la adoración absoluta a Dios, sin preguntas y condenando de sacrílego o herético toda aquella forma de explicar desde un punto de vista lógico o sencillo cada uno de los acontecimientos del mundo en ese entonces.

Así Lovecraft legitima, aunque de forma tenue, las concepciones culturalmente más aceptadas acerca de las formas y de las relaciones de los seres de la noche con el demonio, como por ejemplo tildar de brujas a las mujeres que no se santiguan con frecuencia o simbolizar en una cabra a Satán o señalar de herejía todo aquel acto que no sea bien visto por el sacerdote del pueblo.

Es por estas razones que El horror de Dunwich, a pesar de no se poseer la fuerza de otros títulos del mismo autor, logra su objetivo de atrapar al lector en un relato soluble, marcado por el misterio, la oscuridad y la necesidad de reconocimiento que Lovecraft hizo característico a lo largo de sus casi 30 años como escritor.




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METALLICA
A la espera de un grande
2008

Tras confirmarse un nuevo álbum de Metallica para el segundo semestre de este año, no son pocas las expectativas que millones de seguidores en el mundo, no solo de la banda sino del rock en general, deben tener por conocer este material de la legendaria agrupación de San Francisco.

Atrás quedaron las frustraciones por la salida en falso de la producción St. Anger, la continuas apariciones de la banda en medios de comunicación dedicados al pop ultra liviano y la enorme preocupación de Ullrich y compañía por llenarse los bolsillos pensando más en vender que en crear. Ahora lo único realmente importante es que Metallica, haya hecho lo que haya hecho, está de regreso y al parecer con la firme intención de demostrar que sigue siendo una de las bandas icono en la historia del rock.

Claro, muchos dirán que lo mismo afirmaron cuando anunciaron el lanzamiento de St. Anger (sin duda alguna el peor trabajo en la historia de la banda) y tienen toda la razón porque esta vez, al igual que en 2003, se han rodeado de un grupo de personas que aparentemente garantizan sonidos e imágenes similares a los mostrados durante los años ochenta, periodo durante el cual Kill ´em all y Ride the lighting la convirtieron en objeto de culto por parte de millones de seguidores del thrash metal en el mundo.

No obstante, para los que crecieron escuchando Battery, Seek and destroy, Master of puppets o One, Metallica fue y será algo grande, pues a pesar de su opaco presente sigue siendo un referente para quienes hoy, conociendo la gran oferta de sonidos que ofrece el rock, se siguen identificado con el metal no solo como género musical sino como todo un estilo de vida.

Por ello, sin importar cuantos años hayan pasado desde el último gran álbum de la banda, a Metallica no solo se le recuerda con aprecio sino que se le respeta, incluso dentro de las nuevas generaciones de músicos que hacen del metal su religión, pues lo que dijo e hizo por este género en el mundo solo es equiparable a lo que en su momento aportaron a la música leyendas del rock universal como The Beatles, Black Sabbath o los interminables Rolling Stones.

A iconos de la talla de Metallica se les puede llegar a perdonar algunas cosas. Muchos de sus seguidores en el país la castigaron dejando de escuchar su música porque dejaron de vestirse de negro y porque pasaron a ser parte de un mercado más cercano al hardcore; sin embargo, casi una década después, esos mismos que saltaron de fans a detractores fueron los primeros en adquirir las boletas para el concierto que la agrupación ofreció por primera y única vez en Colombia el 2 de mayo de 1999, demostrando que hagan lo que hagan la banda ya se ganó un lugar de privilegio no solo en la vida de cada una de las personas que crecieron escuchando su música y pregonando sus ideas de caos, vértigo y alcohol, sino también en el Olimpo de los dioses del rock mundial.

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