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De igual forma, para entonces se fueron conformando otras bandas como Darker, Tzantoid, Tormentor, Psychophony, Scars y Denial, esta última una agrupación de Death Metal compuesta por Marlon López en el bajo y voces y Jorge Rodas en la guitarra y voces, Diatharnathoron y Messiah tocaron en diferentes épocas la batería y grabarían en el 90 su demo Underground time, el mismo que, paradójicamente, fue grabado en el auditórium de la iglesia cristiana América Latina, teniendo como técnico a Erick Paredes.
En ese mismo año, y por iniciativa de Jorge Sierra, reputado conocedor de Jazz, la radio Metrostereo incluye dentro de su programación el programa Revolución Rock, en alusión al clásico tema Rock revolution de Britny Fox. Este se emitía los viernes entre las 20:00 y 24:00 horas. En sus inicios radiaban a White Lion, Scorpions y Accept, luego siguieron Mortal Sin, Omen y The Plasmatics, hasta llegar a bandas como Cannibal Corpse, Deicide y Carcass, naciendo así la mejor época en cuanto a radio con locución mesurada se refiere, sin los excesos del programa anterior y con una fuerte variedad en la programación.
Alrededor del programa se congregó una cantidad cada vez más numerosa de radioescuchas que participaban a través de cartas y vía telefónica, los mismos que crearon comunidades como Los sacerdotes del metal y El consejo supremo del Metal, alrededor de las cuales se reunían para escuchar música e intercambiarla; así mismo, hacían excursiones al interior del país.
“Cuando el programa rebasó la misma programación de Metrostereo fue cuando puse Metallica y su disco And justice for all, el cual se mantuvo en primer lugar”, rememora Jorge Sierra, actualmente columnista y crítico musical del matutino ElPeriódico. Era tanta la solicitud de Metallica, que fue necesario incluirla en la programación regular de la radio.
Para el año 1991, Jorge Sierra abandona el programa y la radio, luego de ubicarlo en el primer lugar de los programas más escuchados; en su lugar llegó Joel Cotuc, quien supo dar continuidad al mismo, manteniéndose como el más escuchado año a año.
En el 89 el universo parecía confabular para que se formara la escena metalera en Guatemala. Aparece Rock Shop, una tienda especializada en souvenirs y música Metal, con lo que se eliminó el limitante de suministro, pero a la vez se estableció una barrera que definiría a la escena: el factor económico. Factor importante, pues, tratándose de un país tercermundista en el que por esa época el sueldo mínimo era de Q.600.00, comprar una t-shirt de Q.175.00 o un CD de Q.150.00 representaba una limitante infranqueable para el 94.1% de los guatemaltecos (según el informe del Banco Mundial, para ese año en este país el 54.3% de la población vivía con menos de 2 dólares al día y el 39.8% con menos de un dólar) lo cual repercutió en que la base de los fans fuera la clase media alta, pero ello no impidió que la aceptación fuese tan buena que pronto fue necesario contar con una sucursal.
Enero de 1990 cobra importancia por el arribo a Guatemala del mexicano Joel Morales, de American Line Prod, quien comienza a facilitar el acceso a música más underground de sellos independientes; igualmente, Joel hace contactos con la escena de El Salvador, donde lleva las bandas guatemaltecas, y con su sello realiza las primeras grabaciones de bandas locales.
Los conciertos habían continuado de manera esporádica durante el 91 en el salón adjunto al edificio de Salud Pública en la zona 1; para el 92 fueron primeramente en el salón de la Asociación de Ferrocarrileros, siempre en la zona 1, luego en un sitio denominado La Llantera en la zona 8, para finalizar en el gimnasio Spectrum de la zona 9; a inicios del 93 Fernando Varela, guitarra y vocal de Sore Sight, decide organizar conciertos dada la facilidad que tiene para acceder al salón Guatemala Musical, un sitio con una larga tradición en cuanto a la música pop, con artistas como Checha y Su India Maya Caballeros y Fidel Funes, quienes amenizaban fiestas con cumbia colombiana adaptada a la marimba orquesta.
Guatemala Musical era un salón extenso propicio para conciertos a una escala mayor. Allí inicia la serie de conciertos Thrash Attak, realizados cada 15 días los sábados en la tarde, con un precio de Q.10.00. A través de estos conciertos la escena toma su forma más compacta, pues en cada presentación se contaba con una asistencia de 600 a 900 personas, un apoyo total a las bandas, por lo que fueron generándose nuevas agrupaciones y tomando fuerza las ya existentes. La mayoría de estas bandas estaban enclavadas en el Death Metal, de las cuales se pueden resaltar Rotting Corpse, Misery, Mayhem, Espectral Prophecies y Sádica.
El 7 de diciembre de 1992 se conforma Sanctum Regnum, integrada por Paco Salay (ex Sangre Humana) en la guitarra, Armando Girón (ex Sangre Humana) en el bajo, Rony Godoy en la batería y Daniel Velásquez (Claker) en las vocales, la cual interpretaba Satanic Death Metal, pero con una marcada influencia del Metal clásico, dado que la mayoría, con excepción del vocalista, eran músicos desde mediados del setenta.
En marzo del 93 es presentada en la radio el tema Bajo el embrujo. Canción esta que causó conmoción y convirtió inmediatamente a la banda en la más solicitada, llegando a sonar hasta 3 veces en cada edición de Revolución Rock. Luego seguirían los temas Tabernáculo de maldad y Los hijos de Satán, que causarían similar impacto, aunque sin alcanzar al anterior. Estas canciones, a pesar de tener sus títulos en español, eran cantadas en inglés.
Los primeros estertores del Black Metal se habían dejado escuchar a través de covers de las viejas bandas. En esa línea aparece Blasphemous, conformada por Douglas Ishin (El Dragón) en las vocales, Franklin Ishin en el bajo, Max Gutiérrez en la guitarra y Sergio Gutiérrez en la batería, banda que se hizo reconocida gracias a sus performance en escenario, donde quemaban biblias y quebraban imágenes religiosas. En la ciudad de San Salvador, El Salvador, grabaron su demo en vivo titulado Espiritual Satán.
Otra banda fue Amalantra, conformada por Lord Faust en las voces y guitarras, Diatharnatharon en la batería y Nelson en el bajo. Si bien esta banda siguió la misma tendencia de los covers, fue la que inició en el país la oleada del nuevo Black Metal, tocando temas de bandas como Profanática y Beherith; otras dos bandas que cabe resaltar son Infero y Karak, dado que en un movimiento básicamente masculino, la vocalista era Heydi Saisi Milián, Black Velvet.
Para septiembre de 1993 los conciertos pasaron al Teatro Olimpia, un espacio viejo que había sido abandonado y que hoy día alberga una iglesia protestante, donde estos podían realizarse de manera más adecuada. Muestra de ello es que el 7 de diciembre de ese año se realizó el primer concierto internacional de los noventas, un trabajo conjunto entre los Thrash Attak y American Line Prod. El concierto fue con la banda mexicana de Death Metal Cenotaph, el cual contó en la apertura con Sanctum Regnum y Blasphemous.
Para ese momento ya era posible definir la escena nacional, que estaba fragmentada en dos niveles: escena granítica (true) y escena corrosible (poser). La primera estaba conformada por aquellos que tomaron el Metal como bandera y forma de vida, los que desde el inicio han estado en el movimiento como miembros de bandas o fans y que son una minoría, pues, como es observable, sus nombres aparecen una y otra vez entre las bandas; y la segunda, la que ha hecho de este un movimiento masivo, es la que conforman los que asisten a los conciertos por obedecer a la moda, pero ellos lo hacen de manera esporádica y es un público que se está renovando constantemente. Para ese momento se identificaban con bandas como Guns N´ Roses y Metallica.
Así pues, el Metal había pasado a ser el centro de los jóvenes de clase media capitalina y en los colegios todos eran parte del movimiento, aunque realmente escucharan bandas que para entonces se encontraban en boga, el conocido Hair Metal. Si alguien osaba escuchar otro género musical u opinar respecto a creencias cristianas inmediatamente era segregado por el resto de la clase. El look del rockero eran botas de tipo militar, jean negro, t-shirt de alguna banda y una camisa de franela amarrada en la cintura; no era necesario conocerse, el sólo hecho de ir por la calle con dicha indumentaria inmediatamente despertaba camaradería entre quienes se identificaban con el género.
Análogamente se habían ido conformando los break´s, la némesis del movimiento. Jóvenes que habían crecido en las distintas barriadas y que con la llegada de la música disco se reunían en las esquinas a bailarla, haciendo un sin número de pases que les identificaban y en el desarrollo de los cuales algunos llegaron a ser verdaderas leyendas del barrio. En medio de estas competencias se fueron generando dos bandos que a finales de los 80 se definían muy bien: La Mara Five y La Mara 33, quienes competían por tener a los mejores bailarines callejeros. Poco tiempo pasó para que dicha rivalidad pasara del baile a la violencia, y que estos chicos de escasos recursos empezaran a delinquir. Es de esta forma como se originan los llamados maras, una palabra que desde los años 60 en Guatemala se utiliza para referirse a un grupo de jóvenes, pero que a partir de este momento tomó una connotación delincuencial.
Hallándose el Metal en plena efervescencia se dio un problema. Los metaleros estudiaban en los diversos colegios del centro histórico, instituciones de hasta 300 años de antigüedad que, como muchas de las instituciones tradicionales iberoamericanas, estaban en la parte central de la ciudad. Al salir de clase, los jóvenes se reunían en el centro comercial La Plaza Vivar, donde no era difícil hallar 200 personas vestidas de negro a lo largo de la tarde, y donde se encontraba Rock Shop. El problema radicó en que los institutos públicos donde los break´s estudiaban, también estaban en el centro histórico, con lo que unos y otros compartían el mismo espacio, aunque los segundos se ubicaban en el centro comercial Capitol, a tres cuadras de distancia. En un inicio se veían a distancia sin ningún tipo de confrontación, pero dado que la forma de agenciarse fondos de los segundos era asaltar a los alumnos de colegio, no tardaron en asaltar a un rockero, a quien, entre otras gracias, le cortaron el cabello, y este fue el detonante, a mediados del año 1993, para que estallara una guerra entre rockeros y break´s.
Nacieron así las denominadas cacerías, que no eran otra cosa que poner en práctica ese espíritu linchador y prepotente que nos caracteriza. Se reunían grupos de 40 ó 60 rockeros que salían por las principales calles del centro histórico, armados de bates de baseball, a quienes les bastaba ver al break para atacarlo sin miramientos hasta dejarle destrozado en plena calle. Cabe decir que esto ocurría con el beneplácito de los transeúntes y de las autoridades mismas, en una sociedad que ve el exterminio del delincuente como algo adecuado, casi heróico. Si al respecto quedan dudas, basta con ver las estadísticas de la Organización de Naciones Unidas, que registran más de 400 linchamientos entre 1996 y 2000, situación que queda documentada en el libro Ausencia del Estado y Violencia en Tierras Mayas, una aproximación cuantitativa al fenómeno de los linchamientos en Guatemala (1996 – 2002), escrito por Carlos A. Mendoza (Segeplan / Flacso 2007).
El problema es que, como siempre, se perdió el norte al momento de atacar a estas personas. No se agredía solo a quien cometía esta misma serie de actos, y ello lo convirtió en un problema mayor porque se terminaba atacando una condición social, pues muchas de las victimas eran jóvenes que, por ignorancia o falta de recursos, utilizaban los reconocidos Converse - All Star, los cuales se convirtieron en el símbolo de todo lo que era contrario a la cultura del Metal en Guatemala y representativo de quienes eran definidos con el peyorativo de choleros, una palabra que por mucho tiempo definió despectivamente a las empleadas de casa y que los rockeros endilgaron a los break´s. Una palabra que luego sería propiedad de la sociedad guatemalteca como definitoria de todo lo que es falto de categoría o debe ser visto hacia abajo.
De igual forma, los break´s iniciaron sus cacerías, pero ya con cuchillos y tubos, atacando indiscriminadamente a todo el que fuera alumno de colegio, aun sin haber sido particípe de los ataques y a rockeros que nada tenían que ver en el asunto, pero que por su look era etiquetados como tales.
El punto más álgido de esta situación ocurrió en octubre de 1993, como lo documenta el medio Prensa Libre, en sus ediciones del viernes 8 de octubre, portada y página 8; miércoles 13, portada y página 15; jueves 14, portada y páginas 8,125; viernes 15, página 3. Momento este en el que llegaron a enfrentarse grupos de hasta 300 personas, provenientes de todos los establecimientos educativos del centro de la ciudad, durante una semana completa en la que las autoridades se limitaron al silencio.
Este, en cierta forma, fue el final del movimiento. Ocurridos estos eventos, surgieron intentos por acallar todo movimiento políticamente incorrecto. En Guatemala nada es casualidad: prohibieron la estadía de rockeros en La Plaza Vivar, mermaron los espacios para hacer conciertos y el programa Revolución Rock fue sistemáticamente desarticulado al poner en su dirección al locutor Carlos Anleu Samayoa, un hombre con una amplia trayectoria y un invaluable conocimiento del Rock, pero que de Metal no conocía absolutamente nada, lo que dejó al movimiento a la deriva.
El epitafio a esa época, que fue la más relevante en la historia de la escena local, se erigió el 12 de enero de 1994 cuando en el interior del Cementerio General fueron arrestados tres conocidos metaleros, una chica entre ellos, mientras salían con osamentas provenientes de dos tumbas que acababan de profanar (Prensa Libre del 13 de enero, página 8). Con esto, los rockeros pasaron a ser la comidilla de todos los periódicos amarillistas, endosándole al movimiento en general una larga serie de profanaciones que en los últimos meses se habían registrado, para lo cual a esas alturas no eran necesarias más pruebas, simplemente la sociedad conservadora ya sabía hacia dónde enfilar sus baterías.
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