
En la ciudad, aunque a ratos no parezca, sigue existiendo la libertad de elección. Es fácil encontrar políticas inclusivas junto a los que deciden autoexcluirse, y por eso resulta más palpable la dichosa y promulgada independencia que tantos aclaman.
Resulta difícil levantarse una mañana y decir que ese día usted se comportará como el español David Nebreda. Pensarse como artista que decide bajar a un profundo abismo en el que encontrará la capacidad para expresar de manera creativa lo más oscuro de su ser. Entonces, ante un espejo, ensaya una y otra vez cómo enfocará su cámara fotográfica para hacer el autorretrato de su rostro cubierto de heces.
Como un artista necesita estar constantemente explorando, y su medio de expresión es el cuerpo, decide también practicar con su sangre, propinarse unas quemaduras, varias flagelaciones y una que otra amputación. Pero ignoremos su esquizofrenia paranoide no medicada y entendamos que decidió vivir en un apartamento donde no tiene contacto con persona alguna y que acaso alguien conocerá su residencia en Madrid. La fotografía es su forma de estar en contacto con el mundo y su forma de sobrellevar su estado metal, generando terror y asco entre muchos. Pero el que quiera ver que vea, y sino pues mueva la cabeza.
CARACTERIZARSE CON ALGO NOS HA HECHO TAN FRÁGILES QUE ES FÁCIL DISENTIR CON TODO Y CON NADA. SI UN DÍA SE ESTÁ DE CUALQUIER LADO, SEGURAMENTE MIRARÁN (Y MIRAN) CON SIGILO; Y SI MAÑANA NO ES MÁS QUE EL RECUERDO DE UNA MOLESTA ABSTRACCIÓN, ALGUNOS SENTIRÁN EL VACÍO, PERO SEGURO ESO PASA RÁPIDO.
Mientras tanto en Medellín, y un gran etcétera, a quienes viven en la calle se les conoce como indigentes, un título que se nos hace mal nombrado y lleno prejuicio, en algunas ocasiones. Los hay quienes se encontraron con el asfalto desde pequeños y quienes lo eligieron después de adultos; están también los que ni nacieron allí ni lo eligieron, solo que no tienen más.
No es menos peculiar esta historia. En los altos de San Cristóbal hubo un indigente que decidió apropiarse de un terreno desperdiciado. Para evitar que le perturbaran (a ellos también les puede molestar el contacto social aunque la calle sea su vida) decidió ir construyendo con los días un cerco inexpugnable. A su alrededor fue ubicando la mierda (propia, eso sí) que haría segura su estadía y que evitaría la presencia de la policía, de los vecinos, de cualquier molestia. Por obvias razones, y pese al cerco pestilente que levantó, de allí lo sacaron más tarde que temprano para llevarlo donde fuera, pero lejos.
Desde allí es precisamente de donde sentimos que vienen tanto las ideas como las complejas tergiversaciones, de las decisiones. Caracterizarse con algo nos ha hecho tan frágiles que es fácil disentir con todo y con nada. Si un día se está de cualquier lado, seguramente mirarán (y miran) con sigilo; y si mañana no es más que el recuerdo de una molesta abstracción, algunos sentirán el vacío, pero seguro eso pasa rápido. Vivir al margen tiene sus beneficios, pero sobre todo riesgos y escasos espaldarazos.
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