No pasaron 20 días desde que se publicó acá mismo un editorial en el que se habla de la descomposición tan grande que tiene este país; una descomposición que, pareciera, hace comportar a los colombianos como un grupo de primates sin la más mínima idea de lo que es la racionalidad; y hoy, de nuevo, es necesario revivir temas similares y hartos como la violencia, la intolerancia, la discriminación, el amarillismo de los medios, y la ineptitud de las autoridades. En fin, a lo mismo de siempre.
No obstante, hoy el hecho tiene nombre propio, o más bien tenía nombre propio, pues debido a la estupidez impulsiva y otoñal de un cabeza rapada de 17 años (quien pasó a la mayoría de edad un día después del asesinato) y a la nacionalmente conocida ineficacia de la Policía para proceder de manera preventiva cuando una desgracia se ve venir, Julián Javier, el rockero, el estudiante, el hijo de Doña Carmen ya no está más. Tenemos ahora otro hijo, otro hermano, otro primo, otro novio, otro nieto, otro amigo, otro ciudadano menos aportándole al país. Y decimos tenemos porque este tipo de hechos, cuando se volvieron una constante, una escena repetida en el anecdotario de este país –sea por las razones que sea– dejaron de ser desgracias ajenas, cosas de muchachos, drogas y alcohol para convertirse en un asunto serio, en un asunto delicado que por supuesto nos debe no sólo preocupar sino –y esto es lo más importante– hacer reaccionar a todos.
Muchos pensarán y dirán que la solución a este tipo de incidentes, que no son exclusivos de minorías culturales, tienen como remedio a corto plazo (ah! bendita costumbre de los nacidos en esta tierra convertida por capricho en República) hacer uso de la fuerza irrestricta y ejemplar en contra de todo aquel que se vista como skinhead y promulgue, así sea de forma indirecta, la segregación de razas, la superioridad de los arios, y el exterminio sistemático de todo lo que huela a judío, y claro, como suele ocurrir, tendrán en los medios de comunicación el mejor de los aliados para hacer de este tipo de tragedias el escenario ideal para “legalizar” una nueva cruzada en contra de los “diferentes”, de los “extraños”.
EL PROBLEMA SOMOS TODOS PORQUE AÚN NO HEMOS ACABADO DE ENTENDER QUE EL OTRO TAMBIÉN TIENE DERECHOS Y TAMBIÉN LIBERTADES.
Por ello no fue de extrañar que cuando aún no se había capturado al autor material del hecho, mientras la policía era presionada por la denuncia de la alcaldesa local y la opinión pública apenas comenzaba a hacer su trabajo, ya varios medios de comunicación, especialmente los dos canales privados de televisión nacional, habían iniciado el circo patético e inmisericorde de explicar con sumo detalle y amén a las frases reencauchadas de un psicólogo pantallero, sin escrúpulos e inventado a última hora, cuál podría ser el perfil psicológico de un skinhead y el por qué reaccionaban así ante una mínima provocación, metiendo a todo el mundo en el mismo saco y desconociendo los principios mismos que suelen regir a este tipo de minorías; relacionando en una imagen la identidad visual del Metal, el Punk y el skinhead, haciendo del pogo un espacio exclusivo de todos y de ninguno, fusionando en una toma de apoyo la realidad lodosa de los jóvenes colombianos que dieron en inclinarse por el Rock, catecúmenos de la “irreverencia”.
Y no es necesario tener título universitario en psicología en el exterior para avalar con palabras locuaces la amarga experiencia de sobrevivir en este país de traidores e intemperantes en épocas sumamente oscuras, para asegurar con vehemencia que el problema no son los skinheads ni sus postulados a veces salidos de contexto, ni es solución el uso caprichoso de la fuerza para reprimir a los que son minoría. El problema somos todos porque aún no hemos acabado de entender que el otro también tiene derechos y también libertades, así los medios de comunicación, en la búsqueda grosera de incautos, perviertan la verdad reduciéndola a mercancía de poco valor.
Genera escozor y malestar el ser discriminados, el ser menospreciados, el ser perseguidos (y no es simple queja). Duele, de verdad duele, el hecho de que la próxima semana nadie se acordará de lo sucedido a Julián Javier, pues es muy seguro que los medios de comunicación se encargarán de recordarnos que en octubre comienzan las eliminatorias para Sudáfrica 2010 y Colombia arranca jugando contra Brasil, y de nuevo una muerte quedará en el olvido, en el silencio perpetuo y doloroso de la sin razón.
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