
Artículos y fotografías: Jenny Giraldo García
Con un grito recibe ‘Piolín’ al público que busca una dosis de metal. Es noche de concierto y Reencarnación está en escena. En el medio, un tipo bajito y barbado que toca la guitarra, es Víctor Raúl Jaramillo, ‘Piolín’ para los metaleros, uno de los más grandes en Medellín, uno de los que por años le ha inyectado vitalidad a la cultura del metal, uno de los que empezó con el Metal Medallo, hace casi 30 años, y que hoy sigue tocando, componiendo, ensayando y viviendo el metal, porque sabe que esto es de nunca acabar.
Víctor Raúl es poeta, “¿poeta?, poeta a los 80 cuando uno de pronto haya escrito un verso”, dice y ríe, ríe estruendosamente, ríe mucho y muy seguido; sus carcajadas son sonoras, retumban, así como retumba su música, su voz, así como retumba lo que piensa, lo que propone, lo que escribe, lo que canta. Todo eso hace Víctor Raúl, y todo eso tiene resonancia.
A ‘Piolín’ lo reconocen y lo respetan artistas del metal en el país y en el mundo, por su persistencia, por su talento, por su buena música, por su presencia permanente en conciertos y otros eventos en los que el metal es invitado o protagonista. A Víctor Raúl Jaramillo lo reconocen, lo respetan –y lo critican– escritores y lectores que han encontrado en sus poemas y aforismos el desgarrador sentido de la existencia.
Es educador y Doctor en Filosofía, pasó por las universidades de Antioquia, Cooperativa y Bolivariana como estudiante. En la última también fue profesor y se enfrentó a lo que él calificó como un acto de represión medieval: le pidieron firmar un acta de fe para certificar que creía en un dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible… Y su respuesta fue negativa y no tuvo nuevo contrato al siguiente semestre. También fue profesor de la EPA, y algunos lo recuerdan como “un man muy enredado, al que era muy bacano escuchar, así nadie le entendiera nada”.
Ahora da clases en Luis Amigó a los estudiantes de teología, los que estudian a Dios, con mayúscula, los que buscan, por la filosofía, entender las entidades divinas. En ese mismo lugar, medio en chiste, medio en serio, a Víctor le han dicho que podría proclamarse como el papa negro o que podría montar una religión. Y como para él lo importante es la felicidad, “si hay un dios que te hace feliz, bienvenido dios”, sentencia.
Concibe como cierto y con respeto lo sagrado, el problema son las instituciones; cree que los curas sí son ateos y que en las religiones siempre se tergiversa el sentido inicial de aquel que la inspiró. Con su risa particular dice que tal vez si un día está ‘embalado por plata’ pueda pensar en ese negocio, el negocio de la religión.
Confiesa ser uno de esos hombres que Nietzsche odiaba, pues el autor de El anticristo afirmaba que la humanidad existe en la medida que se traza metas, y Víctor dice no tener muchas, dice vivir un presente continuo, sin negar su relación con el pasado y el futuro, pero sin exagerar, porque “la mayoría de los filósofos se han dedicado a abstraer y se olvidan de la vida diaria”.
Es lector consagrado desde muy pequeño. La literatura llegó a su vida antes que la música. Juan Ramón Jiménez, Lewis Carroll, Las mil y una noches y El cantar del Mío Cid son los referentes literarios que asocia a su infancia. Y Led Zeppelin, Metallica, Slayer, Motorhead y Plasmatics son los sonidos que se le vienen a la cabeza cuando piensa en el papel de la música en su temprana adolescencia. De esas lecturas y esa música se hizo Víctor Raúl Jaramillo, a esa edad empezó a hacer intentos de poesía y llegó a la trigésima página de su primera novela, la que aún no ha pasado a la treinta y uno.
Y por esa ferviente devoción por la lectura, que ha sido progresiva y se ha nutrido de diversas áreas del conocimiento y de autores de todo tipo, cientos de libros cubren hoy las paredes de su apartamento. Desfilan por los anaqueles Gadamer, Borges, Lezama Lima, Rimbaud, Saramago y Nietzsche, claro que esos son apenas poquísimos nombres, porque Víctor conoce y lee filosofía, estética, novela, prosa corta, mitología, poesía, sociología, semiología, arte y un largo etcétera difícil de concretar. De hecho, su propuesta como filósofo se enmarca en el aprender a leer.
“Definitivamente, la lectura del libro, del texto o de la vida, no nos dejará vírgenes sino hasta que el advenimiento de una nueva manifestación se pronuncie. Tras las cosas que dejaremos cuando argumentemos desde el polvo, quedará lo por leer; pero después de todo, lo que importa, es que nos arriesgamos a la diversidad, a la mutación infinita de lo leído, en el momento justo en que fuimos habitantes de esta Tierra que copula”, dice Víctor en sus aforismos Sobre la lectura.
Cuando comenzó a escribir las líricas para Reencarnación concebía el metal como una destrucción de los dogmas y los principios tutelares que marcaban dominio y restricción sobre la libertad del hombre. La idea era, en aquel entonces, plantear una conciencia crítica a través de las letras de la banda. Ahora, cuando han pasado casi treinta años, dice Piolín, entre risas por supuesto, que tal vez se siga planteando en ese sentido, pero que ya no sabe en qué plano o hacia dónde va esa idea.
Han pasado 24 años desde que a ‘Piolín’ se le unieron ‘Petete’, ‘El Sopre’ y ‘Habichuela’ para el primer intento de Reencarnación; luego llegó ‘El Gato’ con su batería y las canciones Armageddon y Reencarnación 888 metal. Después vinieron los conciertos. En 1987, Dioses Muertos; en el 88 el primer larga duración, Reencarnación. En los noventa llegaron libros, muchos, tantos que Víctor siente que ha sido irresponsable. Son quince publicaciones, entre aforismos, poemas, ensayos y co-autorías. Ahora viene una novela, pero no aquella que comenzó a escribir en su juventud, en la que una mujer ninfómana buscaba a un hombre en una gasolinera y terminaba por suicidarse. La novela será como su vida, será Víctor, será ‘Piolín’, será Reencarnación, será filosofía, será búsqueda, será metal, porque en todo esto está el metal, con presencia total en su vida, porque en su vida todo es metaliar.
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