
Choca con los sentidos, es abrupta, duele, y esa es la idea de mostrar al niño como víctima, sin esconder la sangre como símbolo de un dolor que supera lo físico y que deja huellas más profundas.
Por: Jenny Giraldo García
El arte es para muchos de sus creadores la excusa para hablar de sus tormentos y el canal para purgar sus culpas. Esa, podría decirse, es una de las características de la obra de Gottfried Helnwein, un vienés criado según los preceptos del nazismo que, una vez entendió que los suyos habían sido derrotados y que aquellas guerras fueron perdidas desde todo punto de vista, se dedicó a retratar ese dolor y esa lucha.
Acuarelas, dibujos, fotografías, autorretratos y performances, entre otros, conforman su desgarradora obra, una serie de narraciones visuales que hablan de dolor, de melancolía, de soledad y de la perversión de un mundo en constante pugna por el poder, una pugna que genera batallas inmarcesibles que cobran víctimas inocentes y que no traen, a fin de cuentas, consecuencias que hagan pensar que todo ello vale la pena.
Por eso Helnwein pone a los niños en el ojo del huracán dentro de sus propuestas artísticas. Son para él los niños las víctimas y a la vez los héroes de tantas guerras perdidas, ve en ellos el potencial de la inocencia y demás virtudes humanas, ve al mismo tiempo su vulnerabilidad y la facilidad de los adultos para descargar en ellos sus iras y frustraciones. Y el autor habla de lo visto en su país (Austria) y en Alemania y en Europa en general, pero podría hablar desde Latinoamérica, podría hablar desde Colombia. Por eso su obra se torna universal, porque el sufrimiento de un niño que crece dentro de la guerra es igual en los años cincuenta, en Europa, en el siglo XXI, en Colombia.
Entre esas cáusticas obras que retratan la confusión, el dolor y la muerte, Gottfried Helnwein tiene su propia versión de Desastres de la guerra y Los caprichos, dos series de grabados de Francisco de Goya. Helnwein personifica el desastre en niños armados, vendados, cubiertos de sangre y con la inocencia ya lejana. Eso se nota en las composiciones, en los elementos que acompañan a esos menores seducidos por la guerra.
Como parte de su exploración artística permanente, Helnwein se ha acercado a la música, los audiovisuales y la literatura, no solo por su trabajo y propuestas, sino a través de amistades entrañables con consecuencias sorprendentes. Por ejemplo, su participación como director de arte en el cortometraje Doppelherz, dirigido por Marilyn Manson (2003), en el que, además del estilo surrealista impuesto por Manson, se nota esa marca propia de Helnwein, determinada por la oscuridad, las vendas y costuras, los cuerpos deformados, la angustia y la desesperación.
Siendo la fotografía una de las técnicas de mayor impacto dentro del trabajo de este austriaco, es justo mencionar a otro de sus grandes amigos, uno de los precursores del realismo sucio: Charles Bukowski. Poco antes de su muerte, en 1994, y después de innumerables cartas que dieran origen a esta amistad, el fotógrafo llegó hasta el escritor, dejando para el recuerdo de muchos el reflejo del desasosiego que se lee en una piel ajada de la que quedó testimonio.
Y ese lente, que anda en la búsqueda de altos contrastes, ha fotografiado rostros polémicos, reconocidos, sonoros, vitales: Andy Warhol, Michael Jackson, Mick Jagger, Heiner Müller, Arnold Schwarzenegger, Keith Richards, los integrantes de Rammstein, su amigo Marilyn Manson y él mismo, porque ha hecho del autorretrato otro canal de expresión en el que alcanza a inmortalizar lo sentido a través de su propia figura expuesta.
Uno de los trabajos más destacados de este artista contemporáneo es la instalación Neunter November Nacht (Noche del 9 de noviembre, 1988); una serie de fotografías que miden 370 centímetros de alto por 250 de ancho. Los rostros de los niños que aparecen en estos lienzos, que se muestran desolados, abandonados, son tal vez el recuerdo de la noche del 9 de noviembre de 1938, conocida como Noche de los cristales rotos, cuando los nazis detuvieron a unos 35 mil judíos y destruyeron sus propiedades en Alemania y Austria.
Una serie de niños mutilados y cubiertos de sangre presentados como obra de arte puede ser para muchos una imagen chocante, sádica, brutal. Es cierto. Choca con los sentidos, es abrupta, duele, y esa es la idea de mostrar al niño como víctima, sin esconder la sangre como símbolo de un dolor que supera lo físico y que deja huellas más profundas. Si el espectador siente una laceración en su ser tras ver el horror de esos jóvenes rostros que hablan desde su silencio de una cadena de miserias humanas, si la obra de Helnwein toca con sal la llaga, cada una de sus pinturas, fotografías y demás, seguirán cobrando nuevos sentidos.

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Y ese lente, que anda en la búsqueda de altos contrastes, ha fotografiado rostros polémicos, reconocidos, sonoros, vitales: Andy Warhol, Michael Jackson, Mick Jagger, Heiner Müller...

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