
Por: Juan Camilo Arboleda
Este elogio a la amargura se lo dedico a un país que vive de esperanzas de ganar y de que no lo secuestren; de que lo dejen vivir y de que lo liberen también. Tienen, los habitantes de este remedo de patria democrática, muchas razones para preocuparse y marchar y pedir lo que por derecho ya les fue negado.
Un elogio a la amargura porque no es necesario hacer nada, porque a ningún lado vamos como vamos: viviendo a la desesperada e intentado y suplicando que nos miren y nos respeten y nos consideren, por favor.
“He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas”, dijo Emil Cioran, un pensador y despotricador, nihilista y desencantado hombre que dijo lo que pensó y que no debió callarse malestar alguno.
Acá traigo algunos fragmentos dispersos de los textos de un hombre que alguna vez, en su juventud enrevesada y ferviente, fuera miembro de la Guardia de Hierro, una organización fascista de su Rumania natal, y quien alguna dijo admirar a Hitler. Hechos y palabras que, quizá, su conciencia le cobró y al mismo tiempo ayudó a convertir en un gran pesimista de la postguerra, un escritor brutal que le apostó a perder y que escarbando en el humanismo encontró su fuente de desahucio pues, como dijo Tolstoi, se sabe que la literatura se lleva mal con la felicidad.
Y en esa suerte de desvelo suya encontramos un ineludible ser que comprendía el absurdo y nos transmitía esa especie de confusión extrema que nos arropa siempre y nos trasnocha. Que no se malentiendan entonces sus posibles contradicciones porque no lo son; no entremos en encrucijadas que apenas estamos para ambigramas; dejémosle a Cioran la capacidad de crear ideas libremente, aunque venga de fiel inspiración de Schopenhauer y Nietzsche, existencialistas insoslayables, como él.
¡Qué lejos estoy de todo!
Ignoro totalmente por qué hay que hacer algo en esta vida, por qué debemos tener amigos y aspiraciones, esperanzas y sueños. ¿No sería mil veces preferible retirarse del mundo, lejos de todo lo que engendra su tumulto y sus complicaciones? Renunciaríamos así a la cultura y a las ambiciones, perderíamos todo sin obtener nada a cambio; pero ¿qué se puede obtener en este mundo? Para algunos, ninguna ganancia es importante, pues son irremediablemente desgraciados y están irremisiblemente solos. ¡Nos hallamos todos tan cerrados los unos respecto a los otros! Incluso abiertos hasta el punto de recibirlo todo de los demás o de leer en las profundidades del alma, ¿en qué medida seríamos capaces de dilucidar nuestro destino? Solos en la vida, nos preguntamos si la soledad de la agonía no es el símbolo mismo de la existencia humana. Querer vivir y morir en sociedad es una debilidad lamentable: ¿acaso existe consuelo posible en la última hora? Es preferible morir solo y abandonado, sin afectación ni gestos inútiles. Quienes en plena agonía se dominan y se imponen actitudes destinadas a causar impresión, me repugnan. Las lágrimas sólo son ardientes en soledad. Todos aquellos que desean rodearse de amigos en la hora de la muerte lo hacer por temor e incapacidad de afrontar su instante supremo. Intentan, en el momento esencial, olvidar su propia muerte. ¿Por qué no se arman de heroísmo y echan el cerrojo a su puerta para soportar esas temibles sensaciones con una lucidez y un espanto ilimitados?
Aislados, separados del mundo, todo se nos vuelve inaccesible. La muerte más profunda, la verdadera muerte, es la muerte causada por la soledad, cuando hasta la luz de convierte en un principio de muerte. Momentos semejantes nos alejan de la vida, del amor, de las sonrisas, de los amigos –e incluso de la muerte. Nos preguntamos entonces si existe algo más que la nada del mundo y la nuestra propia.
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"Aislados, separados del mundo, todo se nos vuelve inaccesible. La muerte más profunda, la verdadera muerte, es la muerte causada por la soledad, cuando hasta la luz de convierte en un principio de muerte. Momentos semejantes nos alejan de la vida, del amor, de las sonrisas, de los amigos –e incluso de la muerte. Nos preguntamos entonces si existe algo más que la nada del mundo y la nuestra propia."
Emil Cioran (1911 - 1995).
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