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COLOMBIA VIVIÓ, PADECIÓ, EXUDÓ Y GRITÓ IRON MAIDEN

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Por: Joaquin Gómez
Fotografías: Jackson Gil

Una reseña completa de la presentación de Iron Maiden en Colombia tendría que abarcar todo lo que ocurrió desde el anuncio oficial de la fecha, por allá en octubre de 2007. Puede que el tiempo transcurrido no sea demasiado, pero sí sucedieron muchas cosas desde entonces: la venta récord de miles de boletas platino en cuestión de dos horas, especiales musicales en bares alrededor de la obra de la ‘doncella’, el concurso nacional para elegir el telonero, otro para seleccionar la portada del tributo colombiano a la legendaria banda británica.

Y no fue todo. Luego, la discografía oficial completa disponible en todas las discotiendas era prueba de que Maiden venía con pasos de animal grande, de bestia grande, moviendo una gran industria alrededor: Tours que llegaron ese jueves histórico desde la costa, el Eje Cafetero, el suroccidente, Antioquia; también de Venezuela, Ecuador, Perú, Panamá y quién sabe de dónde más. Se movieron también camisetas, afiches, banderines, estampados ‘in situ’ en la fila de entrada: Ponga la prenda que quiera, se la estampamos ya.

El escenario era propicio para todo, esa oportunidad única fue motivo suficiente para botar la casa por la ventana: con la plata por las boletas, los souvenirs, la comida, el transporte, hasta las carpas para la lluvia a cinco mil pesos; también con el tiempo: para comprar las boletas, para reclamarlas, para hacer la fila, incluso con días de anticipación y por encima del puesto de trabajo.

En la jornada laboral del lunes anterior ya se oían las noticias del recién nacido ‘Barrio Iron Maiden’, que veinte carpas, que de un momento a otro eran 90, que dos días antes ya había setecientas. Verdad o mentira, fuimos muchos los que supimos de oídas, porque justamente para poder pagar la boleta teníamos que trabajar y no podíamos hacer la fila que hicieron muchos desde el sábado anterior. Sé que mi criterio no es el definitivo, pero si hubiera podido, tampoco lo hubiera hecho, pues aquella aventura, por los pasajes y por la comida, era costosa y por la mala gestión de los controles de ingreso, terminó siendo inútil en muchos casos.

En medio de ese clima frenético e impaciente de gente que iba y venía, de los que se notaban recién cambiados de pinta o llevaban el traje en una mochila y los jeans y la chaqueta encima, de los cobijados con banderas, de revendedores, vendedores, rebuscadores, estafadores y espectadores que hacían y rondaban la fila, pasó esa mañana rara para los que pedimos permiso con anticipación. Toda la ciudad sentía la diferencia, buses y taxis sentían la ‘suba’ del trabajo: “es por lo del concierto ese de rock que se está moviendo tanto a esta hora, pero ya con los cierres se complica la cosa, eso no va a tener arrimadero”.

Y no lo tuvo. De paciencia, plástico para la lluvia, mucha ropa para abrigarse, poco líquido y comida para no tener que ir al baño, ¿cuál baño?, hubo que dotarse en la fila donde el trasnocho era evidente, todavía se veían algunas carpas, se juntaban todos los olores que pudieran evidenciar los días de espera, todos los artículos que se puedan vender para la ocasión, todas las clases de aficionados a la banda que se puedan catalogar, finalmente, todo el ambiente para el concierto.

Hay afición. Si no, ¿de qué era prueba aquel ambiente, toda esa multitud y las cosas de las que hablaba? La última excursión, el derrumbe en la carretera la vez pasada, lo bueno que estuvo el concierto de Stratovarius, que luego el de Dimmu Borgir, el de Therion, que se parecía mucho a la vez de Metallica, que lástima no haber sabido lo de Megadeth, que estaban muchos de los que habían visto a los Guns, que cuando Exodus, que Gorgoroth. Viene la lluvia… a taparse. Luego, que el sonido, que lo trajeron, que el avión, que de pronto viene Ozzy, que no, que con el Ozz Fest, que de pronto KISS para junio. Volvió la lluvia… tápese otra vez. Que cuando Slayer, que la requisa de Cradle of Filth, que luego viene Dream Theater, que “¡avancen, avancen!”. Y, como si milagro hubiera sido, la fila se empezó a mover.

Tanto tiempo sirvió para hablar de eso y más, muy seguramente con gente que no nos hubiera interesado conocer en otra circunstancia, y ya éramos ‘compañeros’, aún sabiendo que a la salida la despedida sería definitiva. Todo a lugar: las pintas ochenteras de unos, el otro que se disfrazó de Eddie y esperaba que le dejaran entrar las cadenas del disfraz, la bandera de Ecuador y la de Venezuela, la señora fan enmaletada, el señor que punteaba en su guitarra imaginaria y tarareaba Can I play with madness, todo a lugar, incluso bajo el agua que se desplomaba y retaba la paciencia.

En medio de tanta confusión, las mallas del Parque Simón Bolívar no aguantaron tanto trajín y se doblaron, recordando que, aunque fuera llamativo, el espectáculo a ver no era ese y que algo pasaba porque la cola no avanzaba.

Imaginaba uno requisas, re-re-requisas y que toda la gente de logística estaba apurada revisando maletas, zapatos y haciendo pasar gente; pero dio rabia, pesar, alivio, quién sabe qué, cuando con un grupo de otros seis, bajo un gran plástico, llegó caminado hasta la entrada del primer control y los policías a cargo nos empujaron hacia adentro vociferando ‘¡están joches!, ¡rápido a ver!’. Cuestión de minutos y más agua para ver luego el segundo control, la segunda ‘requisa’ en la que “a mí me pusieron la mano en el pecho y me dejaron pasar”, dijo uno, “a mí medio me rozaron y me dijeron ‘hágale’”, exageró el otro, “yo pude haber entrado hasta maleza”, concluyó el otro y se vio el que apenas acaba de llegar a apoyar a la tarea y revisó especialmente en la entrepierna. Fue fácil descubrir después donde estaban el centenar de miembros de una de las dos empresas de logística en el evento, más los otros cien de la otra: recogiendo los talones y gritando una y otra vez ‘boleta en mano por favor’. Todos hacían lo mismo, ¡todos! Y afuera la fila no se movía.

Entrando, se empezaba a comprender que el control era importante para evitar que entrara licor, comida o drogas, hasta que por fin se pudo ver la escena más asombrosa que muchos habíamos visto hasta entonces sólo en videos: una multitud de miles y miles de personas frente a un descomunal montaje de luces y sonido esperando por un concierto aún increíble.

Hecha la diligencia personal e intransferible, ya se podía esperar tranquilo entre aquel gentío. Escriturando los 20 centímetros cuadrados respectivos, aparecieron los compañeros de la fila para hablar de lo estéril que era la espera porque la entrada fue un desorden, de lo inútiles que eran tantas personas en el dispositivo de seguridad, de que tampoco era necesario haber venido a acampar varios días antes; un tipo con sombrero vaquero, una chaqueta llena de parches legendarios y unos todavía más legendarios Reebook blancos lo corroboró: él, que había terminado al lado nuestro, atrás muy atrás, había llegado el lunes a hacer la fila.

Finalmente, la programación comenzó. Un feedback, un riff de prueba, un golpeteo al bombo para verificar lo que ya debía estar n veces verificado, o delatarse como los novatos del evento, anunciaron a Introspección, una banda de heavy que esperaba como a otra de las muchas de Colombia que hace tiempo, desafortunada y tal vez injustamente, deseché con el mismo diagnóstico: una buena ejecución, una música con fórmulas comunes y una voz en proceso de fortalecerse.

Pero Introspección sorprendió. En los minutos que alcanzaron a tocar, su sonido se fue haciendo cada vez más pesado, más compacto, más contundente y los muchos que andábamos apartados de la movida heavy rendimos aplauso, o por lo menos respeto, a lo que el metal nuestro ofrece ahora en ese renglón. Ahora que la moda del power ha pasado, los proyectos que nacieron entonces se han consolidado o, por lo menos, las voces en las bandas han embarnecido y hay algo más que el recurso para una buena guitarra y unas clases.

Minutos más tarde y ya entrando la noche, me sentí escuchando a Avril Lavigne o un pop similar. Lauren Harris, tan entregada, tan talentosa, tan bonita, tan buena en lo suyo, tan bien acompañada por muy buenos músicos, no contaba con que nosotros tampoco contábamos con ella. De su presentación se supo el día anterior, cuando los medios reseñaron la llegada del Ed-Force One a El Dorado. Adelante aplaudían ansiosos, frenéticos, alcahuetes, impacientes fanáticos; atrás, deseábamos fervientemente que la hija del prodigio de las cuatro cuerdas de Iron Maiden encuentre pronto sus propios espacios, porque el público de su papá parece no ser el suyo.

Casi una hora pasó entre unos muy buenos punteos, una batería precisa, una voz armoniosa y una muy buena energía en escena; algo alcancé o quise ver en las pantallas gigantes del frente, pues las que estaban a nuestro costado, atrás, todavía no funcionaban… y nunca lo harían.

El verdadero inicio


Luego fue sentirse en algo real, en algo grande. Más de uno de nosotros soñó con verse en el DVD que seguramente se va a editar (eso creemos) y en el que ‘con toda seguridad’ nos vamos a identificar en las tomas aéreas que un helicóptero hizo pasando una y otra vez sobre la muchedumbre, cortando la neblina con su reflector en la escena perfecta del concierto grabado, en el que nos sentíamos provocando gritos, coros, saludos; excepto cuando pasó tan cerca, tan bajo, tan tambaleante, que alcanzó a asustar.

Éramos todos una bomba a punto de rockear, contenida por un hilo muy fino que se rompió cuando un riff abrió la oscuridad; finalmente, los técnicos del sonido habían decidido ambientar la espera con ‘Doctor, Doctor’ de UFO.

Ya en serio, apareció en las pantallas el Ed-Force One, el capitán Dickinson reportando el fin del vuelo sin novedades y la voz de Churchill, del espectáculo Live Alter Death, abría la calle de honor hecha de gritos atronadores. Lo esperado, lo impresionante: cayó el telón y el Eddie faraónico de los afiches era de verdad y de a poquitos fuimos reconociendo al enorme combo en la tarima. Era Iron Maiden comenzando su presentación.

Toda una andanada empezó con Aces high, siguió con 2 Minutes to midnight, no nos soltó porque llegó luego con Revelations, The trooper, The number of the beast, Wasted years y las que en un concierto ideal de Iron Maiden puedan caber, hasta que se despidió cantando Hallowed be thy name.

De Dickinson vestido de trooper, de los telones impecables que hicieron el decorado, de los punteos perfectos del trío de cuerdas, del ‘feeling’ que contagiaba Niko Mc Brain al verlo en detalle cada vez que la cámara lo tomaba en contrapicada, de la ‘piedra’ que le dio a Dickinson saber que a los acampantes les habían hecho levantar sus tiendas la noche antes del concierto, de la impresión que les causó la bandera gigante, del Happy birthday que todos le cantamos a Adrian Smith, del sonido y la ejecución perfecta de la banda en vivo, han hablado mucho y muy en detalle, como lo hicieron los muchachos de ironmaidencolombia.com, quienes fueron grandes gestores de una noche que podremos contar a las generaciones futuras con orgullo. No exagero.

Pero hubo muchos conciertos al tiempo, tantos como el número de asistentes, pues es imposible que entre tantas personas se viva igual un acontecimiento tan grande. Leí, por ejemplo, que para algunos Run to the hills fue un trámite y el público no se compenetró tanto con la banda en esa canción. Seguro no vieron el alboroto que se formó atrás con los ‘cabalgueos’ de Harris y el “run for your liveesssssss" a todo pulmón de los que fuimos a escucharla y disfrutarla.

Sentí alivio al terminar el concierto porque creo que ya todo estaba cumplido: había coreado en vivo Fear of the dark como en los CDs, había visto a Harris en su pose al bajo, había escuchado la voz de Dickinson, había visto de ‘pe’ a ‘pa’ a Iron Maiden.